Visitar un motel es de las cosas más excitantes que pasan en medio de una relación. Los hechos previos, quién toma la iniciativa, el desarrollo de la ‘moteleada’ y la salida del lugar se convierten en toda una experiencia.

Por: Andrés A. Gómez Martín

Es impresionante la cantidad de gente que niega  haber visitado un motel. Este placentero y sexual lugar se convierte en el castillo del dragón, en la torre de la reina, en el escenario de faenas sexuales tan ardientes y fuertes que finalmente las parejas casi siempre terminan explorando los cuartos y los objetos que hay allí.

Catalina tenía 19 años y acababa de entrar a segundo semestre de arquitectura en cierta universidad que colinda con el parque nacional en Bogotá, su novio de 17 años entraba a un centro de estudio de lenguas extranjeras que colinda la estación aguas de Transmilenio.

Aquel viejo motel

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Algo les pasaba, “mira, cuando entré a segundo me sentí distinta, los manes de medicina estaban tan ricos y los de derecho, y los de… mejor dicho; cuando llegaba a clase me miraban con deseo y a mí me gustaba, había uno que siempre me encontraba subiendo por la calle 45, alto, de barba, fornidito  y siempre olía delicioso. Averigüé su nombre y la carrera”.

Mientras tanto su novio, Cristian, dejaba la pena “en el centro todas están tan ricas, todas con un olor a pre prom y a prom que me ponía ‘malito, malito’. En el parque de los Andes siempre se sentaba una monita que me parecía tan linda, sobre todo por las caderas, qué cosa tan loca esa mujer…”

Catalina y Cristian ya tenían casi dos años de estar saliendo, se sentían algo cansados el uno del otro y los cambios de la universidad y de no estar en el colegio les estaban pasando ya la cuenta de cobro.  A Catalina le gustaba el tipo que se encontraba por la 45, lo pensaba de noche y le gustaba encontrárselo. Cuando lo veía se tomaba el cabello, lo miraba y le hacía ojitos.

Cristian estaba algo desesperado, quería salir de su novia y decidió buscar otra chica, se llenó de valor y le habló a la monita del parque de los Andes, no le fue difícil, al cabo de los días ya se habían hecho amigos, solo había  un detalle, un perfecto detalle, la monita tenía 26 años.

En una noche de “pola” en el chorro de Quevedo se besaron, las amigas de la monita la retaron a comerse al pequeño Cristian, sin más ella aceptó y dejó fluir toda su experiencia, un beso aquí, una  miradita por allá, una tocadita más allá.

Aquel viejo motel

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Catalina quería tener travesuras, a lo lejos vio al hombre de la 45, camino normalmente y se tropezó con él, “Ayy, oye, qué pena, no me di cuenta, lo siento…”. Quince minutos más tarde estaban tomando una cerveza.

Cristian iba ya de camino en un taxi por la avenida Caracas, en la mano derecha tenía una botella de aguardiente, la monita de las caderas lo besaba. El taxi dobló por Lourdes, bajó a la carrera 15 y entró a uno de los moteles. Se bajaron, ella pidió el cuarto, pagó por amanecer y subieron al cuarto. Abrieron la puerta, entraron, él tomo un largo trago de aguardiente, se quitó la correa, la besó, le quitó la blusa y ella, ella se hizo deseo.

Catalina, estaba mal, sentía algo muy raro en su cuerpo, invitó a su nuevo amigo a fumar un cigarrillo, la tensión era evidente  y ella le dijo “mira, no sé pero te he visto varias veces y me pareces lindo”. Al cabo de una cerveza estaban en un taxi, doblo por Lourdes, bajo por la carrera 15 y entró  a uno de los moteles. Ella pagó el cuarto, subieron, entraron, él la desvistió con fuerza, le besó el abdomen, le quitó los leggins y bueno, él se hizo deseo.

Temprano en la mañana, la monita de las caderas tenía que regresar a clase, Cristian a su casa, Catalina debía visitar una construcción y el chico de la barba, bueno solo estaba ahí.  Se bañaron, se vistieron mirándose al espejo.   En la puerta,  dos parejas, cuatro personas, una misma historia.

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