Opinión

Lo que he aprendido de los hombres

Lo que he aprendido de los hombres. Aunque el séptimo día parece haber sido creado para no levantarse de la cama, este domingo decidí ir por café con una amiga. Es geóloga así que en algún momento hablamos de piedras y fue imposible no mencionar cómo algunos hombres dejan de ser un conjunto de minerales, para volverse una piedra arenisca cuya morfología es producto de la erosión y de los benditos años.

Por: Lorena Beltrán- @LoreBeltran

Lo que he aprendido de los hombresDe vuelta a mi casa encendí el televisor, me encontré con Miss Universo, Lo que he aprendido de los hombresespecialmente con la ronda de preguntas para las candidatas. Pensé que iba a reírme, después de todo algunas reinas nos han dado motivos para juzgar la agudeza que hay detrás de una cara bonita.

¿Qué pueden aprender las mujeres de los hombres?” dijo el jurado. “Siguiente pregunta”, pensé evocando una frase escueta de algún expresidente de cuyo nombre no quiero acordarme. Lo que escuché me dejó todavía más inquieta. “Es una pregunta muy difícil” admitió la nueva Miss Universo, como si tuviera que abrirse paso en un sinfín de historias para reconocerlo.

Partamos de lo básico, ni las mujeres somos complejas cual laberinto de Creta, ni los Lo que he aprendido de los hombreshombres planos y bestias como minotauros. No señor. Hay hombres cuyas heridas y caminos construyeron auténticos seres de luz, otros por desgracia, sólo se han encargado de apagarla. Pero de ambos aprendemos algo.

De cualquier forma seguía siendo una tragedia griega saber qué carajos era lo que había aprendido de esos individuos. Del que aprendí la decepción no fue de un novio, mucho menos de un mal polvo. Fue de mi papá, que por evitar un bochorno, decidió remar en un matrimonio hundido. De él supe  que mi realización no dependería de un marido, mucho menos de aparentar un hogar perfecto.

Lo que he aprendido de los hombresYa vuelta un ocho decidí ajustar unas tuercas y sin pensarlo dos veces fui a un psicólogo. Me vendió ese cuento del vacío afectivo paterno de Freud y concluyó que por eso me gustaban los hombres mayores. Obviamente ya suspiraba por él. En ese diván aprendí que muchas veces no es amor, es transferencia.  Que el apego a una persona es porque revive vínculos y resuelve ecuaciones, deseos reprimidos, en resumen, nos dejan con tusa cuando se van pero calman caprichos.

Luego de muchas satisfacciones minúsculas, le hice caso y me busqué uno de mi estatura, sabiendo que yo sencillamente nací en la década equivocada, pues nada de lo que le gusta a las ‘bendecidas’ de mi generación me agrada a mí. Lo que parecía ser ‘solo un rato’ terminó siendo media década. En la vida de casi todas hay alguien que llega para conocer, como lo describió Gabo magistralmente, “el amor del alma de la cintura para arriba y amor del cuerpo de la cintura para abajo”. Lo que he aprendido de los hombres

Más por fortuna que por desgracia, también aprendí de él que cuando dos personas caminan a ritmos distintos y con intereses opuestos, lo mejor es saber decir adiós. Lo malo fue decírselo un 24 de diciembre, no hay buñuelo o natilla que compense un corazón roto. 

Hay otros especímenes de los que aprendemos conceptos que no por banales, dejan de ser importantes. Por lo menos para una mujer como yo. El erotismo más elaborado y clichesudo hasta el primitivo. El arte de conversar, el de admirar, el de conservar intacta la libertad, el de disfrutar la fría pero tranquila soledad.

Sea en un café, en twitter o charlando con la sábana sobre el regazo, es ingenuo mujeres, pensar que nunca hemos aprendido algo de un hombre.  Ahora, si le resulta difícil admitirlo, es porque ha pasado sus días ‘rehabilitando gamín’ y por eso todos le parecen iguales. Ni más faltaba, hombres distintos es lo que hay.

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