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Los artistas se toman la casa

Los artistas se toman la casa
Por: Isabel Zuluaga

Pinturas, instalaciones y videos son reemplazados por artistas que habitan la Galería Santafé, haciendo del lugar un organismo vivo.

¿Para qué una máquina del tiempo? Basta con atravesar la bullosa Avenida Caracas y adentrarse al barrio Teusaquillo, repleto de árboles y antiguas edificaciones, que evocan historias de una Bogotá pasada. Es en medio del silencio y del aire fresco perpetuados en dicho lugar, donde se encuentra la Galería Santafé, una amplia casa con una escalera de madera en forma de caracol, y varios cubículos, que desde hace un buen tiempo dejaron de funcionar como aposentos, comedores y dormitorios para convertirse en salas de exposición y oficinas al servicio del público.

Sólo quienes se atreven a ingresar al lugar, saben lo que se cocina tras su apacible y elegante arquitectura; pues allí se está llevando a cabo un innovador y polémico proceso para el circuito artístico colombiano, titulado “HABITacción” por sus organizadores, los artistas plásticos, Gustavo Villa y Adrián Gómez. Motivados por recuperar y aprovechar el carácter residencial de este palacete, invitaron a una totalidad de aproximadamente 20 artistas nacionales y extranjeros, divididos en cuatro grupos y jornadas, a alojarse (literalmente) y realizar acciones entorno al significado de “habitar” los espacios y transformarlos.

Los artistas se toman la casa

En una placentera charla con el artista Dioscórides Pérez, docente de la facultad de Artes de la Universidad Nacional, y perteneciente al primer grupo de “habitantes” del lugar, narró que asumió sus días en la galería como un “trasteo” de su taller, por lo cual transportó consigo pinceles, velas, cartulinas, aceites para masajes, un tarot, cobijas y toallas; además de una selección de objetos y recuerdos que han marcado varias etapas de su vida y que como él mismo afirmó que: “se convierten en un gatillo para cualquier persona, pues disparan la memoria arquetípica”. Relató que se vistió para la ocasión con un antiguo traje negro que había comprado hace algunos años por cinco mil pesos en un mercado de las pulgas, un sombrero de fieltro prestado y unos zapatos de cuero, siendo el primero en arribar a la galería. Mientras esperaba la llegada de sus compañeros, escogió un cuarto y dispuso sus objetos personales en el piso en forma de “T” y al poco tiempo, la casa se fue llenando de presencias, objetos, pasos, y gritos, como los ejecutados por el polémico artista español Abel Azcona, que según Gloria Herrera, una auxiliar de limpieza que allí labora, se escuchaban a cuadras de distancia y quien agregó que también le han impactado los desnudos, pero que está acostumbrada; pues como ella misma dice: “Aquí se ve de todo”

Teniendo en cuenta las acaloradas discusiones desencadenadas a partir de dicho proceso, vale la pena reconocer el riesgo asumido por la Galería Santafé, al acoger a los artistas desde su totalidad de individuos y escapando de la tradición basada en contener y exponer únicamente sus obras o los registros estáticos de las mismas. Más allá de calificaciones extremistas sobre la situación mencionada, esta es una invitación a asumir colectivamente este proceso, como una oportunidad para el surgimiento de replanteamientos, transformaciones y reflexiones respecto al hacer artístico e incluso, respecto a nuestro proceso íntimo de habitar los espacios y transformarlos.

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